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La razón real para oponerse a la investigación con células madre embrionarias es teológica, y no científica. Obviamente, uno no puede ser tan tonto como para creer que una célula es una persona, pero si puede creer que el hombre no tiene derecho a interponerse en el determinismo biológico y en el desarrollo natural de un embrión. Si uno está en contra de la investigación con células madre embrionarias es porque tiene la sensación de que el hombre traspasa el límite y penetra en el dominio de Dios. Por eso traza una última línea, una posición final e inamovible alrededor de la dotación genética que se forma tras la fecundación (conjunto completo de 46 cromosomas humanos). Dicho de un modo claro y sencillo, si se respeta al embrión (mejor dicho, si se venera) es porque se considera que el ADN es la esencia de la propia vida, esto es, el alma que el hombre no puede ni debe tocar porque está claramente en el dominio de Dios.
A esto lo llamo yo “fundamentalismo del gen”. Un dogma que considero tremendamente reduccionista y simplón, pues sintetiza todo a la genética, transformándola en el único dominio posible. No vendría mal un poco de “gen-ética” para escapar de esta obsesión “gene-céntrica” de la vida y recalcar que ¡la vida humana es mucho más que genes!. Porque la visión de la vida en torno al gen es, además de simplista, muy peligrosa si tenemos en cuenta los avances que se presumen en ingeniería genética para este milenio que acaba de empezar. Pero lo peor de todo es que es un dogma completamente falso.
Un embrión no es, ni mucho menos, un ser humano por el hecho de contener un conjunto completo de 46 cromosomas humanos, porque, entre otras cosas, como acabamos de explicar, durante un periodo de dos semanas después de la fecundación, es posible que el embrión primitivo se divida en dos, tres o incluso cuatro fragmentos separados, cada uno de los cuales puede desarrollarse en un ser humano diferente. Este “fundamentalismo del gen” está desechando a millones de hermanos gemelos que tienen idéntica constitución genética pero que claramente son seres humanos únicos y diferentes.
Más aún, desde la clonación de la oveja Dolly (hace sólo seis años), este “gene-centrismo” tiene todavía menos validez científica. Y es que decir hoy que el embrión es un ser humano por el hecho de que en su interior ya se encuentra el programa genético que determinará su desarrollo posterior, es reconocer que cualquiera de los 100 billones de células que residen en un cuerpo son seres humanos, puesto que la técnica de la clonación constata que también en el núcleo de cualquier célula adulta se encuentra el programa genético para el desarrollo de un nuevo ser humano (en concreto, en sólo siete picogramos de ácido nucleico se encuentra almacenada toda la información necesaria para formar uno o más seres humanos). En efecto, ahora sabemos que cada célula del cuerpo humano tiene potencialidad para formar una nueva vida humana. Así que quien utilice el argumento "fundamentalista del gen", se expone a que le acusen de matar seres humanos cada vez que se rasque.
Que no, que la constitución genética sola no define a una persona. Y por si aún les queda alguna duda, ahora se lo voy a demostrar, una vez más, con un nuevo argumento real como la vida misma. Cuando fallece una persona (cuando su corazón deja de latir y la actividad cerebral ha cesado), la mayoría de las células individuales de su organismo siguen vivas, de manera que órganos enteros vivos pueden ser aprovechados para transplantes y salvar las vidas de otras personas. Las personas que han recibido un corazón, un pulmón o un riñón trasplantado no tienen una identidad personal diferente de la que tenían antes de su operación, incluso si ahora son una mezcla de dos sistemas vivos diferentes. Y aquí es donde reside el error de quienes se oponen a la investigación con células madre embrionarias, pues son incapaces de separar estos dos significados diferentes de la vida: la vida en el nivel de la célula individual y la vida humana en el nivel de la mente. Para ellos, la esencia de la vida humana está en el ADN. Sin embargo, los transplantes nos demuestran, una vez más, que la esencia de la vida humana no reside dentro de las moléculas inertes de ADN, sino dentro de la mente humana.
Y es que de lo único que el hombre no podrá prescindir es de su cerebro, mente o conciencia, que en verdad es la esencia del ser humano. Tu vives en toda tu esencia cuando sientes, piensas, amas, ...; cualidades todas ellas conferidas por un sistema nervioso funcional, conformado por una basta red de comunicaciones. Y el embrión, de dos o más células, no puede tener ningún sentimiento propio del ser humano, porque no posee ningún atributo neurológico, ni siquiera de una forma primitiva; ni una sola neurotransmisión tiene lugar en el embrión.
Pero ninguno de estos argumentos científicos, o cualesquiera otros, servirá para cambiar la opinión de quienes creen que la vida humana comienza en la fecundación. Y esto es así porque quienes respetan a los embriones humanos no lo hacen por razones científicas (que no las tienen) sino por la creencia religiosa de que en la fecundación nace una nueva vida humana con fuerza vital propia: el alma. Y ya sabemos que para el creyente, la razón humana no puede contradecir la Revelación. Ningún argumento terrenal –científico, filosófico o cualquier otro– servirá para cambiar la opinión de un creyente, porque su fe ciega le hará creer que sabe la verdad, la verdad absoluta, la verdad divina. Para el creyente lo que “sabe” siempre está en función de lo que “cree”, y no al revés. Por eso el creyente no investiga objetivamente, sino que rastrea en busca de algo que le permita defender lo que cree que es verdadero.
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